Babosas y pantanos: una historia de escalada en Escocia
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Podríamos imaginar infinitos matices marrones: del barro del camino al suelo desnudo por las ráfagas que azotan las colinas; las babosas viscosas y desmesuradas esparcidas por la pradera, la hierba quemada por los fríos inviernos y las salpicaduras saladas, los acantilados que se sumergen en las olas hambrientas... Todo ello bañado por una luz moribunda que apenas atraviesa nubes pesadas e incoloras.
Hasta que aparece el sol, rayo a rayo. El primero golpea el mar a cierta distancia, donde se hincha y se extiende en un azul profundo, haciendo que el horizonte se mueva. Luego, se acercan a la orilla, revelando un degradado de turquesas mientras el fondo marino asciende. Formas de peces, focas y mamíferos marinos rompen el mar luminoso en un perfecto juego de siluetas oscuras sobre un fondo de arena dorada. Los azules, grises y verdes se unen a la paleta de colores disponibles.
Al cruzar las islas de norte a sur y de este a oeste, se camina entre parterres de flores y cantos de pájaros de innumerables colores. Frailecillos de pico naranja brillante y águilas reales, la brecina violeta que domina los líquenes amarillos, droseras rosas y musgos verdes que fluyen de cuevas oscuras. Después de un día escalando en arcos que parecen desprovistos de vida, la hierba del páramo es una explosión de colores vivos y biodiversidad. Los rojos, naranjas y amarillos brillan en los ojos del escalador cansado.
Y de repente, las nubes amenazantes hacen que la hierba se vea más verde, la ausencia de sol es solo una tregua para los ojos. A lo lejos, los puntos multicolores que se mecen en la pradera son tus amigos que regresan de su día, donde las tiendas prometen un refugio (muy relativo) lleno de risas y sabores que colorean el mundo. Hasta el día siguiente, cuando un clima benigno revelará nuevamente el lienzo de las Hébridas sobre el que se extenderá una puesta de sol reflejada en un ramo de fisureros.