Grava en Marruecos: una aventura de bikepacking
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Tiempo de lectura 4 min
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Atravesar Marruecos en bicicleta es aceptar perder el control para reencontrar lo esencial. Para Charlotte y Nicolás, creadores del proyecto RISE, este viaje de 2000 km no fue solo un desafío deportivo: fue una necesidad de desconexión, un laboratorio al aire libre y una prueba de resiliencia tras un año intenso.
Después de un año dedicado a la preservación del patrimonio mundial con su fundación Rise Our World Heritage, la necesidad de desacelerar se impuso como una evidencia. "Necesitábamos recuperar la aventura que nos motiva", confiesa Charlotte. El objetivo inicial era ambicioso: partir de Agadir para llegar a Grenoble pedaleando. Pero la aventura también es lo inesperado. Entre problemas mecánicos y contratiempos logísticos, el dúo perdió 11 días de pedaleo. No importa, la travesía de Marruecos se transformó en una odisea de 20 días de puro bikepacking intensivo.
Uno de los principales retos de esta expedición era técnico: probar el material para sus futuros rodajes. En sus monturas de titanio, tuvieron que enfrentarse a un terreno cuya dureza no sospechaban. Nicolás, en plena rehabilitación tras una operación del ligamento cruzado, retomaba el deporte después de cuatro meses de parada total. El viaje en bicicleta se convierte entonces en una lección de humildad, donde se acepta no ir tan rápido como antes para saborear mejor el camino. El cuerpo, esa máquina increíble, se adapta rápido: la bicicleta no es una competición, es una travesía donde se toma el tiempo.
La ruta seguía la mítica "Ruta de las Caravanas", un itinerario histórico identificado en el sitio de referencia bikepacking.com. Desde los primeros pedaleos, se marca el tono: 2000 km y 28 500 metros de desnivel positivo. Salir del bullicio de Agadir para adentrarse en el Anti-Atlas es entrar en un mundo mineral donde cada kilómetro se gana.
La travesía del desierto del Sahara será recordada como el día más exigente. El gravel en Marruecos adquiere aquí una dimensión épica: el calor aplasta (hasta 34°C), el terreno es de una técnica formidable y la arena obliga a menudo a empujar las bicicletas durante kilómetros.
El día más duro fue la travesía del desierto del Sahara. Todo fue difícil: el calor, la técnica del terreno, la distancia, la arena, pero también fue un día que repetirían sin dudar porque la dificultad se compensaba con la belleza de los paisajes y la magia de estar en medio del desierto con dos bicicletas.
La gestión del agua fue el desafío logístico número uno. Transportar 10 litros de agua por persona es una carga colosal, pero vital. Para repartir ese peso, el dúo usaba botellas clásicas complementadas con cantimploras filtrantes de 4 litros, sujetas sobre las alforjas o metidas dentro para mayor estabilidad. Es el precio de la tranquilidad en regiones donde no había llovido en dos años.
El cambio de ambiente es radical al subir hacia el norte. Al salir del desierto, el termómetro cayó bruscamente. En el Atlas, cerca del monte Toubkal, las temperaturas marcaban -2°C, con una sensación térmica helada de -7°C.
Aquí, la gestión de capas se volvió una cuestión de supervivencia. Partiendo ligeros, sin forros polares, Charlotte y Nicolas tuvieron que ingeniárselas. "Me ponía mis pantalones impermeables cortaviento sobre el legging para calentarme", explica Charlotte. Sufriendo del síndrome de Raynaud, incluso usó bolsas de congelación en sus zapatos para aislar sus extremidades. El equipo Lagoped fue puesto a prueba: si la chaqueta EVE sigue siendo su imprescindible desde hace años, las condiciones extremas del Atlas subrayaron la importancia de un equipo técnico perfectamente ajustado.
En las pistas marroquíes, la elección de la bicicleta es crucial. Charlotte y Nicolas exploraron los límites de la gravel frente a la MTB.
La Gravel: Ideal para la eficiencia en pistas de tierra compacta. Equipado con un GPS Coros Dura con carga solar, la navegación se vuelve muy sencilla.
La MTB XC: Más cómoda en los descensos empinados y accidentados del Atlas.
Un problema importante surgió para darle emoción al viaje: la falla de los frenos. Sin un kit de purga en medio de la nada, Charlotte tuvo que recorrer cerca de 500 km con un solo freno funcional, bajando a veces a pie en las pendientes más empinadas. Esto recuerda una regla de oro del bikepacking: en zonas remotas, la simplicidad mecánica suele ser más segura que el rendimiento puro.
El confort es un lujo que se redescubre después de días en el sillín. Para el descanso, el dúo usaba una tienda Samaya ultraligera y colchones anchos para maximizar la recuperación. Aprender a escuchar el cuerpo se convirtió en su prioridad: donde antes no descansaban en formatos cortos, instauraron un día "off" por semana para aguantar a largo plazo.
Pasar 20 días en un sillín provoca inevitablemente dolores. ¿Su secreto? No usar ropa interior bajo el culotte para limitar rozaduras, lavado diario a mano y una crema "milagrosa" para bebés encontrada en una farmacia local.
En cuanto a la nutrición, si las barritas y liofilizados de COOKNRUN aseguraron los primeros días, pronto tuvieron que adaptarse a los recursos locales: dátiles, almendras, nueces y los imprescindibles tajines u omelettes en los pequeños restaurantes al borde del camino. "Comíamos muy a menudo porque el esfuerzo abre mucho el apetito", bromean.
El balance de esta travesía es claro: la bicicleta es un acelerador de relaciones. Aprender a comunicarse en el dolor, gestionar juntos las averías y compartir amaneceres en el Sahara crea vínculos indestructibles. Hacer crecer su amor a través del esfuerzo es sin duda la recompensa más hermosa.
La historia de Charlotte y Nicolas nos recuerda que la aventura comienza donde termina tu zona de confort. Ya sea en las pistas de Marruecos o en los senderos de tu región, el gravel es una invitación a la libertad.